La cultura es la expresión en el espacio y en el tiempo del espíritu creativo del ser humano. Los idiomas, la música, la danza, las canciones, la literatura, tanto oral como escrita--son manifestaciones de las ilimitadas fuerzas de los seres humanos que gozan, sufren y persisten dentro un universo misterioso que es su hogar.  La cultura humaniza, forma la personalidad, nutre el espíritu.

Por más de medio siglo Puerto Rico tuvo el privilegio de poder contar con un extraordinario ser humano que supo apreciar, cultivar, defender y nutrir su cultura -- es decir, la corriente creativa que es el aliento del pueblo. Por más de cinco décadas Don Ricardo Alegría se entregó por entero a estudiar, divulgar, disfrutar y promover los valores y la vitalidad que es la cultura puertorriqueña.  Todo un pueblo, aún más, todo el Caribe y América Latina, se beneficiaron de la gozosa entrega de Don Ricardo.

Cuando uno camina por los adoquines del Viejo San Juan o escucha las notas de nuestra música autóctona, se maravilla de las obras de los indígenas de Boriquén, cuando visita los museos del país o simplemente se regodea en las sonoridades de la lengua materna -- uno comparte la riqueza de la herencia que nos dejó Don Ricardo.  Prácticamente no existe ninguna expresión del ser puertorriqueño que no fue estudiada y engrandecida por este hombre.

Don Ricardo también fue servidor público.  Fue el primer director del Instituto de Cultura Puertorriqueña.  Enfrentó grandes desafíos incluyendo la oposición y hasta la burla de aquellos que niegan la existencia de una cultura puertorriqueña.  Dirigió el Instituto con entusiasmo, sabiduría y generosidad.  Con grandes limitaciones económicas impulsó una impresionante labor de rescate, de promoción y de nuevas iniciativas culturales.  Y todo esto lo hizo sin tener agendas personales y sin inmiscuirse en las pequeñeces de la politiquería.

Cuando observamos la amplitud, la profundidad y la calidad de toda la labor que realizó Ricardo Alegría llegamos a la conclusión de que toda esa maravillosa creación fue obra del amor.  La belleza, la autenticidad, la elegante sencillez, la generosidad que caracterizan su trabajo sólo se explican por las profundas motivaciones amorosas de Don Ricardo.  Perseverar día tras día en la lucha por enriquecer y defender la existencia de una nacionalidad no es posible con un espíritu pusilánime.  El amor por su pueblo, su familia, su herencia, su propio ser, le dio a este hombre la fuerza y la visión necesarias para levantarse todos los días y entregarse a la obra.

Nos rodean crisis de todas clases -- económicas, políticas, sociales.  La violencia que impera en el país ha congelado con el temor la creatividad, la sensibilidad, la humanidad de muchos, incluyendo las élites en el poder.  En el evangelio de San Juan nos dice que el amor echa fuera el temor.  El coraje, la serenidad, la claridad de visión de Don Ricardo fueron frutos del profundo amor que vivió.

El amor es creativo y la abundancia de la creación de Alegría es testimonio de la grandeza de su amor.  Nosotros, como pueblo, tenemos una enorme deuda con Don Ricardo por haber enriquecido nuestra vida colectiva, por habernos dado un ejemplo de lo que es una vida útil, de lo que es vivir según los dictados de la conciencia.  Esta clase de amor exige una respuesta igual de generosa.  Ojalá que sepamos responder con el mismo amor con que él se entregó a Puerto Rico.